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Día Mundial del Refugiado
Recibida de Médicos del Mundo el 20-06-2004 a las 08:06

Con ocasión del Día Mundial del refugiado queremos reflexionar sobre este tema y evidenciar algunos aspectos, tratando de no caer en la retórica, sin perdernos en las estadísticas y más bien mencionando elementos que puedan alimentar nuestra reflexión común.

Evaluar el número de refugiados en el mundo no es sencillo. Podemos contar las personas que se encuentran en contextos de los cuales tenemos conocimiento y donde hay organizaciones que están haciendo algo para paliar la situación y tienen capacidad para evaluar el número de las personas involucradas. Pero seguramente existen otras situaciones que escapan al control y la monitorización de nuestras estadí­sticas. Análogamente, hay diferencia entre refugiados y desplazados, una diferencia sutil pero sustancial debida a la presencia de una lí­nea de frontera en un mapa geográfico, una lí­nea que puede significar la diferencia entre pasar y no pasar, la vida o la muerte.

Si consideramos solamente los refugiados, las estadí­sticas nos dan un valor de alrededor de 20 millones de personas en el mundo. Si añadimos los desplazados, podemos llegar a los 40 o 50 millones de personas. Nuestro cerebro no logra representar visualmente números que sean superiores a la decena, pero de muchos números más elevados logramos hacernos una idea en función de nuestra experiencia. Cincuenta personas es más o menos el doble de mis compañeros de clase del colegio, tres mil seiscientos es el número de segundos en una hora, treinta mil personas llenan un estadio de fútbol, etc. Pero cuando llegamos a números tan elevados nuestra imaginación falla y nos hacen falta referencias para darle un significado comprensible que vaya más allá de las palabras y nos den una percepción real de la envergadura del fenómeno.

Cincuenta millones de personas, si las contáramos por cada latido de nuestro corazón (unos ochenta por minuto), dí­a y noche sin parar, nos pasarí­amos algo más de catorce meses contando. Si los mismos cincuenta millones se tomaran por la mano constituyendo una cadena humana, podrí­an llegar de Madrid a Madrid, dándole la vuelta al mundo, y después seguir otra vez hasta Moscú.

También hay diferencias entre esta muchedumbre de desesperados. Algunos de ellos se encuentran bajo la continua atención de la opinión pública y para su asistencia se consiguen recursos importantes; otros son totalmente invisibles y la dramática aventura de su vida se consuma fuera de la historia y de la memoria. Es suficiente pensar en los recursos que se habrí­an movilizado para atender a los refugiados iraquí­es (si hubiera habido) o con los que se han atendido a los refugiados balcánicos, y el total desconocimiento y desamparo que rodean las actuales tragedias de Sudán y Congo, por poner dos ejemplos. Una guerra se vuelve importante para nuestra atención si acontece en sitios importantes desde un punto de vista geopolí­tico o económico, o si las cámaras de los reporteros han logrado capturar imágenes que puedan competir por conquistar algunos minutos en nuestros telediarios. Lo que hace importante una crisis para los ciudadanos de los paí­ses ricos no es su envergadura o su aspecto humanitario, sino consideraciones externas a la gente que vive esta crisis y que se centran alrededor de nuestro mundo: las repercusiones que puede tener en nuestras vidas o su capacidad de vender imágenes de alto impacto.

Los orí­genes de las crisis pueden ser de varia naturaleza, el denominador común sin embargo es casi siempre el mismo: nos encontramos en contextos donde el equilibrio se rige de manera muy precaria, sobre todo por razones económicas, y basta muy poco para desestabilizar la situación de forma dramática. Casi siempre el factor de fondo es la pobreza que hace a los paí­ses y las gentes vulnerables a guerras y desastres. Y en muchos casos la pobreza del sur sigue siendo un factor importante para asegurar el bienestar del norte.

En un contexto de globalización en el siglo XXI, seguimos defendiendo nuestras economí­as con subvenciones y barreras arancelarias que hacen muy difí­cil para los paí­ses del sur exportar sus productos agrí­colas hacia los paí­ses desarrollados. Por ejemplo, sabemos muy bien que cualquier propuesta por parte de la Comisión Europea de eliminar o reducir las subvenciones agrí­colas a los paí­ses de la Unión Europea chocarí­a con la total oposición de los afectados y de la opinión pública en general. Y seguimos adquiriendo productos de bajo precio elaborados en fábricas donde a menudo no hay derechos sindicales, no hay seguro social, no se consideran normas adecuadas de protección ambiental y la tendencia es la de aprovechar de la fuerza de trabajo barata disponible en el mercado, y si es más barata mejor. Mientras tanto, forzamos a los paí­ses pobres a eliminar sus barreras arancelarias para permitir la penetración de nuestros productos. Como decí­a un economista norteamericano, -el libre mercado es una cosa extraordinaria, sobre todo si la libertad es de nosotros y el mercado es de ellos-.

Por terminar con otra cita (lamentablemente no recuerdo la fuente),
– hemos ido a la guerra y hemos encontrado el enemigo, y el enemigo somos nosotros-.

Donato Capozzi, Director de Proyectos de Médicos del Mundo.




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