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Darfur(Sudán): Ruta de la desolación
Recibida de Médicos Sin Fronteras el 17-06-2004 a las 08:06

La caótica pista de tierra que serpentea entre Mornay y Zalingei, al oeste de Darfur, no es más que un largo desfile de pueblos y aldeas calcinadas por las llamas, destruidas con precisión.

La ruta entre Zalingei y Mornay pasa por el centro de los pueblos. Las casas al borde de la pista, con puertas de hierro reventadas y armazones calcinados, se abren a escenas de pillaje: muebles volcados, suelos llenos de cajas vací­as, restos de un tenderete o una tienda. Sillas tiradas de lado, taburetes con las patas rotas, tazones de esmalte blanco esparcidos por las calles del pueblo, testimonio de la salida precipitada de sus habitantes, testimonio de la violencia cruel de los atacantes. No se ha salvado ni una sola casa. Los pequeños setos de acacias u otros arbustos que cercan habitualmente las casas, delimitando los jardines, no son más que restos negros de ceniza que flotan en el aire.

El camino serpentea en el pueblo de Sura que era, según sus habitantes, -incomparable al resto- por su riqueza, su dinamismo, la belleza de sus campos... Hoy no queda casi nada de ese gran pueblo al borde del camino. Al igual que el resto, pero quizás con más precisión, ha sido destruido. En el recodo del camino, una nube de pequeños pajaritos rosas y blancos, con las alas poco más grandes que las de una mariposa, levanta vuelo piando entre el ruido de sus aleteos.

A lo lejos, sobre un fondo de colinas ocres, se divisan las manchas blancas de grandes rebaños de corderos y cabras acompañados por niños. Los campos abandonados sirven de pasto para los rebaños que han sido robados. Porque la destrucción de pueblos se acompaña del robo sistemático de rebaños. En cada campo, los desplazados recitan el número exacto de cabezas que les han robado: 56 cabras, 34 corderos, 11 vacas... Esta letaní­a se repite en cada refugio de la fortuna, sin techo, que ocupa el mí­nimo espacio vací­o de algunos pueblos y que les han servido de hogar.

En la ruta de la desolación, sólo se encuentran rebaños de vacas y cabras, grupos de camellos, acompañados de uno o dos guardianes, generalmente niños. Esporádicamente, lo que queda de algunos pueblos es incendiado de nuevo para dar a entender a los pocos habitantes que tuvieran la valentí­a de volver, que eso es impensable. Muy pocos habitantes de los pueblos atacados entre noviembre y marzo se han aventurado a volver por los caminos desiertos para recuperar lo poco que ha escapado de las llamas. El asunto es demasiado peligroso y pone en riesgo sus vidas.

Poco antes de llegar a Zalingei, el camino se endereza y es menos caótico. Hay más árboles y el agua no está lejos. También encontramos a más gente: niños descalzos, con harapos, de un color incierto, que caminan con rapidez a pesar del sol de justicia, del viento más fuerte, con un haz de leña en la cabeza. A veces caminan más de seis horas para recoger este botí­n para sus padres. Esta leña es de una riqueza inestimable para los desplazados de Zalingei: es la única fuente de ingresos al venderlos en el mercado; permiten además cocinar el asida, un puré de sorgo que constituye la única comida del dí­a, así­ como remendar los montones de paja que hacen las veces de pared de sus pequeños refugios de fortuna, sin techo, y que desde hace seis meses les sirven de hogar. Cada mañana, antes del amanecer, los niños salen a buscar leña o paja. Los hombres no pueden hacerlo porque les matarí­an, aunque ellos podrí­an traer más cantidad. Las mujeres tampoco salen del pueblo, si pueden evitarlo, y enví­an a los niños o ancianos, porque podrí­an ser violadas por las milicias armadas. Así­ que son los niños y los ancianos los que realizan esta tarea cotidiana, caminando cada vez más lejos. Ellos sólo se arriesgan a ser golpeados. Salen de noche, porque es más fácil pasar desapercibido, y el riesgo se reduce.

También nos cruzamos con asnos, tan cargados de hierba que apenas se ven las orejas del animal. A su lado, mujeres y niños con bastones que saludan con la mano y gritan -Khawaja ! Khawaja !- ( ¡el rico, el rico!). Son las familias de las milicias y consortes, que pueden salir de los pueblos sin temer por sus vidas. Es mediodí­a. Entran al pueblo para vender su cosecha en el mercado a los habitantes de los pueblos arrasados, prisioneros en este lugar.

Al volver, el viajero percibe a lo lejos, en la linde del último pueblo quemado, al borde del wadi, una columna ocre que se eleva y gira en el cielo azul. Es un Hoboub, un pequeño tornado de arena y de viento, que atraviesa el pueblo, donde no queda nada por destruir.




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