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Iraq, un año después Recibida de Médicos del Mundo el 16-03-2004 a las 10:03
Iraq ha vuelto, anunció pomposo Paul Bremer al presentar al nuevo Comité Olímpico iraquí a principios de este año. Para el procónsul norteamericano, el regreso de los equipos iraquíes al deporte mundial se convertía en un símbolo de la vuelta del país a la normalidad. Por fin después de 13 años, sus atletas van a participar en unos Juegos Olímpicos. En la calle, sin embargo, los signos son contradictorios. El trajín comercial, la fiebre de la construcción y los monumentales atascos de tráfico ratifican los deseos que proyecta Bremer con su optimismo inagotable. Pero Bagdad, Basora o Arbil no son aún las ciudades normales que fueron un día, ahora lejano para sus habitantes. No se trata sólo de las barreras de hormigón tras las que se parapetan los extranjeros que ahora dirigen el país y que cierran muchas de sus calles. Ni siquiera de los atentados que cada dos por tres sobresaltan los corazones y el ánimo de los iraquíes. Por más crueles que sean esos coches bomba que despedazan a policías y civiles, sin distinción de edad, de sexo, de etnia o de religión, la vida de los ciudadanos de este castigado país está lastrada por décadas de carencias y por la necesidad inmediata. Y lo más inmediato para un alto porcentaje de la población, sobre todo entre los jóvenes, es encontrar un trabajo con el que poder sustentar a sus familias. Junto al empleo, los iraquíes citan la seguridad como una precondición para poder disfrutar de la libertad recién adquirida. La mayoría reconoce que las cosas han mejorado desde los meses de mayo y junio cuando a uno le robaban el coche a punta de pistola en el primer semáforo. En agosto, las mujeres no se atrevían a salir a la calle sin la compañía de un familiar varón por temor a las violaciones que se extendieron como un virus. Todavía el pasado enero se oían casos de secuestros de hijos de familias acomodadas para obtener recompensas. Aún hoy, en cuanto se hace de noche, se oyen disparos cuya procedencia nadie parece capaz de determinar. Incluso con la presencia de cerca de 150.000 soldados extranjeros sobre el suelo de Iraq, un país algo más pequeño que España, sus habitantes tienen la sensación de vivir en un territorio sin ley. ¿Sólo se protegen a sí mismos?, suele ser una acusación repetida. Bajo el reproche, la humillación de ver sus calles patrulladas por uniformes de otros países. Los iraquíes son un pueblo orgulloso que quiere gobernarse a sí mismo cuanto antes. No hay que engañarse, pocos respaldan la tutela exterior, lo máximo la toleran. Los analistas políticos cuantifican el apoyo según las comunidades étnicas o religiosas, pero muchos tienen la sensación de que se están exarcebando las diferencias a base de insistir en ellas. Ya no hay toque de queda, pero la puesta de sol marca el momento de encerrarse en casa. Tampoco hay muchas alternativas. Ni cines, ni teatros, ni cafeterías. Algunos actores voluntariosos se han esforzado en estrenar una comedia¿ ¡a las dos de la tarde, por motivos de seguridad! Y las salas proyectan unos bodrios seudo pornográficos que sólo atraen a una clientela de jóvenes poco formados. La televisión, bajo el control de los ocupantes, es tal bodrio que los iraquíes se informan de lo que pasa en su país por la cadenas árabes por satélite, algunas de ellas más interesadas por los golpes de efecto que por la fidelidad a los hechos. Un año después de que las tropas de Estados Unidos echaran del poder a Sadam Husein, pocos lamentan la desaparición del dictador. Con él se derrumbó sin embargo todo el aparato del Estado, dejando un vacío de poder que aprovecharon criminales, desaprensivos y listillos ante la mirada impasible de un Ejército que parecía no entender lo que estaba sucediendo. Ha sido esa transición brutal y desorganizada la que ha provocado el desencanto y el hastío. Los nuevos líderes, en su mayoría importados del exilio, buscan el respaldo de sus comunidades étnicas o religiosas para garantizarse una voz. ¿Hemos perdido el patriotismo?, confiesan varios iraquíes cuando se les pregunta por su apatía política. Otros mencionan la dignidad. Todos están cansados. Cansados por tres décadas de tiranía, de guerras y de privaciones por el embargo. Los más jóvenes ni siquiera saben que su país fue antes de todo eso un Estado próspero en el que se fomentaba la poesía, la música o la pintura. El pasado es aún una herida demasiado fresca para permitir la reconciliación. Artículo de Ángeles Espinosa, enviada especial de El País a Bagdad. |
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