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Contra la violencia: la cultura de paz
Recibida de Mujeres en Red el 15-02-2004 a las 09:02

Rosa Burgos presenta un documento de reflexión y compromiso sobre la violencia. La paridad, los derechos humanos como ejes fundamentales, el valor de la educación como herramienta de trabajo.

Estamos siendo bombardeados constantemente por todo tipo de mensajes directos e indirectos en el que predominan la agresividad, la competitividad, la violencia, el sexo y el individualismo.

Nuestra sociedad necesita, en el nuevo milenio, dar un cambio radical en la valoración de las cualidades a desarrollar en los individuos e incorporarlos a todos los aspectos de nuestra vida: desde la personal, a la familiar, pasando por la laboral hasta la polí­tica. Las mujeres debemos dar una pincelada de amor, ternura e imaginación:

Una emoción inteligente

Reinventar, dar nuevas formulas para solucionar los problemas, contribuir con nuestra fuerza y nuestro saber a erradicar todas las formas de violencia y de discriminación y así­ crear un mundo en paz, las mujeres tenemos la obligación, el derecho y el deber de participar activamente en la sociedad, compartiendo y no compitiendo, colaborando, e integrando los valores -masculinos y femeninos-.

Los diferentes gobiernos deben impulsar la paridad en sus instituciones representativas y en sus órganos de gestión y decisión para asegurar la solución polí­tica de los problemas y para garantizar el fin de la violencia como única forma de abordar la resolución de conflictos.

Se deben establecer en la vida colectiva de las/os ciudadanas/os los principios que tengan en cuenta la centralidad de la persona y de sus derechos humanos inalienables, que afirmen los valores de la diversidad como enriquecimiento colectivo y que el diálogo y el pacto sean las normas de conducta.

Las mujeres conocemos el valor de la vida y sabemos el cuidado que requiere que ésta se desarrolle adecuadamente, de la dificultad y el esfuerzo que demanda educar para que los seres humanos lleguen a desarrollarse en plenitud. Para ello nos pronunciamos colectivamente contra una cultura patriarcal que hace de la competencia su método, de la acumulación de riqueza su objetivo y de la virilidad entendida como autoafirmación ante los débiles su bandera. Esta cultura que concibe a las personas, mujeres, hombres y niñas/os, como objetos o mercancí­as, que destruye los ví­nculos de solidaridad y calor, sin los cuales es imposible vivir como seres humanos plenos, y que fomenta un odio en espiral que parece llevar a la locura colectiva, corroe los cimientos de toda sociedad al destruir el medio ambiente en el que el ser humano pudiera llegar a desarrollarse como un adulto capaz y libre.

Contra la violencia de doméstica: la educación para la paz Nuestros hogares son fiel reflejo de nuestra cultura, son la suma de los valores y las tensiones que recibimos desde dentro y desde fuera. Ante todo, están formados por personas, los adultos y los mayores que aportan un bagaje cultural y los niños con su expectativa de emularlos.

Para acabar con la violencia doméstica: de género, la infantil y la ejercida contra los ancianos en el seno familiar e incluso contra sus mascotas, es necesario un trabajo social. Para que el grado de tensión a que los individuos están sometidos no desemboque en agresión verbal o fí­sica es necesario que aprendan a autocontrolarse, que sean capaces de aumentar su tolerancia a la fustracción y que no acaben descargando su ira hacia el eslabón inferior de la cadena de poder. Porque en ese momento de tensión y ofuscación mental no sirven de nada las leyes o penas que castigan el delito una vez cometido, lo que hace falta es poner en marcha medidas que detecten y eviten el problema antes de que se produzca.

Primero es necesario educar desde la infancia, desde la guarderí­a, el colegio ensañando a los niños y niñas a aprender a solucionar sus conflictos desde la paz, a no ver enfrente a un competidor sino a un compañero, aceptar que la discrepancia nos ayuda a ver los diversos aspectos de las cosas, que el que perdona no es el más débil, que la ley del Talión pertenece al pasado, que el que siembra tormentas recoge tempestades. Hacer de la tolerancia y el respeto una norma de conducta social. La paz empieza desde nuestro interior.

En segundo lugar para mejorar la convivencia de miles de hogares, en los que la violencia fí­sica no se produce de un modo grave pero la tensión constante hace que los individuos que lo forman estén sometidos a un grado alto de desamor, se propone la creación de un cuerpo de educadores sociales con capacidad mediadora rápida que les proporcionen nuevas pautas de comportamiento que desencadenen un nuevo tipo de relaciones. Se deben crear espacios de encuentro protegidos para que las mujeres puedan trabajar de forma conjunta tanto para la prevención de los conflictos como para su solución dialogada.

Por último para los casos de daños o amenazas graves las administraciones deben proporcionar viviendas de acogida, trabajo o pensión e incluso traslado a otra ciudad de las personas agraviadas de forma inmediata. Mayor implicación y corresponsabilidad de los jueces y policí­as en las medidas de protección. Hacer lo posible para que los agresores tomen conciencia de su delito y cuando salgan de la cárcel sea posible su reinserción.

Solamente si primero tenemos paz interior, seremos capaces de inundarla en el seno de nuestra familia y si esta tarea se multiplica llegaremos finalmente a hacer que en nuestro mundo vuele libre la paloma de la Paz.

Por Rosa Burgos. Candidata en el nº 2 al Congreso por Zaragoza. IU-Verdes.




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