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Relato sobre una víctima de la guerra en Iraq
Recibida de Médicos del Mundo el 09-02-2004 a las 03:02

Por Fernando Fonseca, cirujano voluntario y presidente de Metges del Món.

No hací­a mucho, estrenó los 9 años. Nació en el barrio de Al Kahrj, en los arrabales de Bagdad, en el seno de una familia chií­ta. Tiene muchos hermanos, como casi todos y la familia era muy extensa.

Era el mes de abril y un dí­a no abrieron la escuela. Su familia estaba nerviosa pero ella no sabí­a por qué. Escuchó rumores. Habí­a oí­do que su paí­s habí­a sido invadido por ejércitos extranjeros y que estalló un conflicto armado. El barrio habí­a cambiado. Observaba que las personas que ella conocí­a estaban más nerviosas que de costumbre.

También, por esos dí­as, veí­a a sus padres preocupados. Su madre rezaba y rezaba y la tristeza envolví­a a toda la familia. Dejó de ir a la escuela, de ver a sus compañeros y se sorprendí­a al ver largas columnas de humo a su alrededor. Los hombres armados y los estruendos de las bombas y los cañones por la noche y al atardecer la asustaban.

Con el paso de los dí­as las cosas empeoraban y ya no salí­a de casa. Las familias se protegí­an unas a las otras, especialmente a los niños.

Una noche el ruido ensordecedor de unos motores, se acercaba a su casa. Habí­a sido un dí­a de intenso bombardeo sobre Bagdad. Su barrio, llamado Al Kahrj, sufrí­a los efectos de la destrucción. Esa noche su madre la hizo dormir más pronto que de costumbre. Pensaba que si los niños dormí­an, no sufrirí­an tanto la barbarie de la guerra.

De madrugada una fuerte explosión sacudió su casa despertando a todo el vecindario. Una bomba la habí­a atravesado y mamá corrió al cuarto donde dormí­a Mawj. La vio ensangrentada, llorando, asustada y también cómo el menudo brazo derecho colgaba de mala forma de su hombro por una franja de piel sin moverse. Tal vez el capitán que mandaba la fuerza de ocupación estarí­a orgulloso de abatir ¿terroristas¿ de 9 años.

Cuando Mawj llegó al hospital de su barrio, del mismo nombre además, pobre, deteriorado por años de embargo, de incomprensión y de ignominia, el Dr. Farid y su equipo la curaron, cohibiendo la hemorragia y vendando su brazo, que permanecí­a inmóvil, paralizado y suelto.

Pasaron los dí­as y Mawj se quedó ingresada en el Hospital acompañada de su madre que no la dejaba sola. Compartí­a su dolor en una sala con nueve niños más que sufrí­an como ella las consecuencias de una guerra que no entendí­an, ¿cómo puede entender un niño que la población civil, indefensa, fuese atacada por una máquina de matar ciega y sedienta de sangre?

Mawj perdió peso, pero sus ojos, grandes y negros, seguí­an brillando. Como si su mirada le permitiera ver más allá, atravesándolo todo. Preguntaba al Dr. Farid que pasarí­a con su brazo, mientras el excelente médico pensaba y pensaba como remediar aquel desastre en una hermosa niña de tez morena, ojos grandes y brillantes como farolas en una noche estrellada, sin amputarle el brazo.

Un dí­a de abril, cuando los invasores habí­an completado la ocupación de Bagdad, llegaron al hospital unos médicos, que llevaban unos chalecos y un emblema en el que se podí­a leer Médicos del Mundo. El Dr. Farid les mostró algunos de los heridos civiles que la guerra producí­a. Cuando presentó a Mawj, preguntaba como evitar la amputación de ese brazo menudo y moreno que colgaba del hombro.

Los cirujanos de Médicos del Mundo quedaron impresionados por la mirada y los ojos de esa niña. Se sentí­an atravesados. Les preguntaba
– ¿vosotros que podéis hacer por mí­?-.

No podí­a ser, pensaron, al mismo tiempo que la indignación, la rabia y la impotencia se reflejaban en sus rostros. Hací­an comentarios en español, idioma que el Dr. Farid conocí­a y profirieron exabruptos contra los responsables de desencadenar una guerra tan injusta, como todas ellas. Algunas lágrimas quisieron hacer su aparición pero las ahogaron. Prometieron a Mawj y su familia que estudiarí­an aquella noche alguna alternativa. Discutieron con Farid lo que se podí­a hacer. Los llevó a la biblioteca del Hospital donde observaron que el embargo también habí­a eliminado los libros de puesta al dí­a y de avances en cirugí­a. A Bagdad no habí­an llegado trece años de avances en cirugí­a. Farid, un hombre í­ntegro, formado en el hospital Frank Paí­s de la Habana, Cuba, no tení­a acceso a esa información y no podí­a formar a los residentes con las actualidades que las revistas y los libros de medicina ofrecen. Poco podí­a hacer.

Una mañana de abril, Mawj les dedicaba la mejor de sus sonrisas y la mirada de complicidad más profunda, poco antes de que Juan, el anestesista, le administrara los fármacos que permitieran operarla en el lúgubre quirófano nº 1 del Hospital Al Kahrj.

Siete horas más tarde, Mawj despertaba. Su brazo estaba con ella y un extraño artilugio de metal le fijaba sus huesos. Pero el brazo estaba con ella. Casi dormida, levantó la cabeza para mirarlo y una leve sonrisa acudió a sus labios. Entre el dolor y la anestesia de la que despertaba, se dirigió a los cirujanos con un tenue -Thank you-. -Shucram a ti Mawj-, le respondieron en inglés.

Los cirujanos habí­an tenido el privilegio de vivir una historia de amor, compromiso, emoción e implicación que solo la cirugí­a es capaz de ofrecer. La excusa del baño les permitió descargar unas lágrimas de rabia que desde hací­a dí­as querí­an abrirse camino.

Unos dí­as más tarde, Mawj, con su sonrisa y sus ojos brillantes, les mostraba a los médicos sus habilidades, aprendiendo a dibujar y a colorearlos con la otra mano. Un hermoso manto blanco de punto le cubrí­a la cabeza. Empezaba a mover los dedos de la mano y sus heridas curaban sin incidentes.

Cuando los cirujanos fueron repatriados, una foto de Mawj, con su manto blanco cubriéndole la cabeza, sus ojos negros, brillantes, vivos, volaba hacia Bagdad.

Tení­a una inscripción: -Don´t forget me-.

Fernando regresó a Bagdad en octubre. Tras la segunda operación Mawj recuperó la movilidad en el brazo. Mawj es una más de los millones de niños que han sufrido las consecuencias, directas o indirectas, de las guerras.




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