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La lucha por la vida en Kenia
Recibida de Médicos del Mundo el 23-01-2003 a las 06:01

Informe de Victorio Torres médico, responsable del proyecto de Médicos del Mundo en Thika (Kenia) y colaborador de la fundación Antisida de España (FASE).

Conocí­ a Myram hace ocho meses en el pasillo de la Maternidad de Thika, en Kenia. Ella estaba sentada, esperando para parir, junto a otras treinta mujeres aproximadamente.

A primera vista era difí­cil imaginarse que estaban dilatando y en pleno proceso de parto, pues apenas se oí­an algunos gemidos. La maternidad de Thika, como otros tantos hospitales en el Africa subsahariana, estaba congestionada de pacientes, muchos de ellos enfermos de SIDA. En algunos casos se podí­a ver hasta tres mujeres compartiendo una cama, la mayorí­a de éstas sin sábanas.

Myram es una más de los dos millones y medio de personas, jóvenes en su mayorí­a, viviendo con el virus del SIDA en Kenia (cuatro veces más que en toda la Europa comunitaria). Con 23 años éste era su cuarto embarazo. Tení­a la cara asustada, la mirada muy viva, y una gran delgadez. Pesaba 46 kilos antes de parir. Padecí­a un estado muy avanzado de desnutrición, con múltiples infecciones oportunistas favorecidas por la immunodepresión caracterí­stica del SIDA avanzado.

En la mayor parte de los partos, a las tres o cuatro horas después de concluido éste, las madres se van a casa con sus bebés y sus familias. En el caso de Myram la situación era distinta. Su marido y su familia le habí­an abandonado al saber que tení­a SIDA. Esto ocurrió unas semanas antes del parto, dejándola sola en la chabola dónde viví­a con sus dos hijos. Dentro del programa de ayuda humanitaria de Médicos del Mundo en Kenia se incluye la administración de un fármaco antirretroviral antes del parto que evita el contagio del virus de la madre al futuro bebé. Myram tomó la medicación y nos contó cómo intentaba vivir con la enfermedad.

Pese a saber las consecuencias que traerí­a tener un resultado positivo en la prueba del SIDA, Myram habí­a decidido hacerse la prueba tres meses antes. Ella sabí­a que si el test resultaba positivo serí­a marginada en su familia y en su comunidad probablemente hasta su muerte. Ahora bien únicamente haciéndose el test podrí­a evitar transmitir la infección a su bebé.

El bebé nació bien y al dí­a siguiente acompañamos a Myram a su casa. Viví­a en una casa de barro de nueve metros cuadrados aproximadamente, a las afueras de Nairobi. No tení­a ventanas y dormí­a en una única cama con sus otros dos hijos. Los niños estaban igualmente malnutridos y con infecciones respiratorias. Llevaban dos dí­as sin comer. Decidimos entonces ayudar a Myram y a sus hijos con suplementos alimenticios y agua potable de forma regular.

Hace dos semanas estuve otra vez con Myram. Llevaba el bebé colgado a la espalda, sujeto con un pañuelo y a sus otros dos hijos de la mano. Tení­a la misma mirada inteligente y llena de vitalidad de siempre. El bebé habí­a testado negativo. No se habí­a contagiado gracias a la determinación de su madre, si bien su futuro era muy incierto.

El SIDA habí­a avanzado y Myram estaba muy preocupada de qué ocurrirí­a con sus hijos cuando ella falleciera. Le asustaba la idea de que quedaran huérfanos. Sólo en Kenia hay más de un millón y medio de niños huérfanos de SIDA. Nos preguntó sobre la posibilidad de tomar medicamentos para controlar su enfermedad"¦

En los paí­ses desarrollados el SIDA ha pasado de ser una enfermedad mortal a ser una enfermedad crónica. Los fármacos antirretrovirales disponibles en el mercado alargan la supervivencia y mejoran la calidad de vida significativamente. Desgraciadamente como Myram hay más de seis millones de enfermos de SIDA, la mayorí­a viviendo en Africa, sin acceso a esos medicamentos. La liberalización de las patentes y el desarrollo de más programas de ayuda humanitaria son las únicas oportunidades para todas esas personas que ven como su tiempo se acaba.




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