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ATEA envía cartas nominales a cada uno de los 350 representantes en el Congreso para que voten afirmativamente al Proyecto Gran Simio
Recibida de ATEA el 11-05-2006 a las 11:05

La Asociación para un Trato Ético con los Animales (ATEA) envió a principios de semana cartas personalizadas (se adjunta una de ellas en la parte inferior) a cada uno de los 350 representantes políticos que conforman el Congreso de los Diputados, reflexionando sobre algunos aspectos de la iniciativa presentada por el representante de Los Verdes (adscrito al Partido Socialista) en el sentido de reconocer derechos básicos a las cuatro restantes especies del grupo, además de la humana.

En el escrito se desgranan asimismo algunos de los argumentos que de forma irreflexiva se han vertido en los medios de comunicación desde el pasado 25 de abril.

De igual forma, desde nuestra organización se les invita a votar, si procede, desde su conciencia personal y no desde la disciplina de partido.

José Luis Rodrí­guez Zapatero
Diputado del Grupo Socialista
Carrera de San Jerónimo, s/n.
28071 MADRID

Vitoria-Gasteiz, 8 de mayo de 2006

Estimado Sr.:

Me dirijo a ud. en calidad de presidente de la Asociación para un Trato Ético con los Animales (ATEA), una organización que desde 1993 orienta su labor al reconocimiento de derechos básicos para todos los animales, y no sólo para la especie humana, tal y como sucede en la actualidad.

He mencionado el año de nuestra fundación porque resulta tan casual como significativo que tal hecho tuviera lugar al mismo tiempo que se poní­a en marcha uno de los proyectos más ambiciosos que se han dado en el ámbito del animalismo mundial: el Proyecto Gran Simio. Como seguramente sabrá, esta iniciativa tiene como objetivo que la comunidad humana reconozca ciertos derechos elementales al grupo completo de monos que cientí­ficamente se conocen como grandes simios. Son cinco las especies que entran dentro de este epí­grafe: humanos, orangutanes, bonobos, gorilas y chimpancés. Sabido es que hoy sólo son reconocidos oficialmente los derechos jurí­dicos de la primera, a la que usted y yo pertenecemos, pero no los de los restantes miembros, de tal forma que lo que el Proyecto persigue es algo en teorí­a tan sencillo como la equiparación de ciertos derechos, dado que ya estamos seguros de ciertas similitudes. Porque éste es en realidad el meollo de la cuestión. La comunidad cientí­fica ha aportado suficientes evidencias como para que a estas alturas no deba existir duda alguna respecto a los estrechos lazos filogenéticos que nos unen a todos los miembros del grupo de los Grandes Simios. El material genético es esencial, pero por fortuna no es el único. También cuentan aspectos como el comportamiento o las consecuencias que tengan para ellos y para nosotros determinadas situaciones, como la reclusión o la agresión fí­sica.

Probado está que todos los miembros de esta gran comunidad zoológica poseemos en mayor o menor medida capacidades mentales como la empatí­a, la idea del futuro, de la solidaridad o de la autoconsciencia. Imaginar a un chimpancé reprobando a una crí­a determinada actitud y asignar a este comportamiento la etiqueta de cultura o educación puede chocar a alguien con una mentalidad estanca, pero la realidad se muestra a veces tozuda, y lo que hace apenas unas décadas eran simples hipótesis de trabajo hoy se tornan evidencias. Así­, a estas alturas podemos afirmar que la vida para ellos (orangutanes, bonobos, gorilas y chimpancés) sí­ tiene un valor intrí­nseco, y arrebatársela provoca padecimientos graves, dado que frustra sus expectativas. Por ello, si consideramos que debemos respetar su existencia, estamos concediéndoles de manera tácita el derecho a la vida. Lo que propugnamos desde organizaciones como ATEA es que precisamente ese hecho tácito se convierta en una realidad jurí­dica y en consecuencia formal.

Pero para los defensores de los derechos de los animales (se nos suele conocer con el apelativo de animalistas) existe una segunda razón -en realidad, una y otra son caras de la misma moneda- si cabe todaví­a más poderosa para defender el respeto a los intereses de cualquier entidad: su capacidad de sufrimiento fí­sico. En este sentido, podrí­a argí¼irse que no queda claro si determinados animales sufren o cómo experimentan el dolor. Para mucha gente es difí­cil imaginar el sufrimiento de un mejillón o incluso de un insecto, pero esas mismas personas no albergan la más mí­nima duda de que propinar una patada a un mono supone para él una situación desagradable, desde luego tanto como podrí­a serlo para cualquiera de nosotros. El dolor es el dolor, y un determinado grado del mismo afecta por igual a quien lo experimenta, sea quien sea la ví­ctima o la especie biológica que los humanos le hayamos asignado.

Por todo ello, no resulta fácil negar que el mismo grado de dolor infligido a alguien de forma gratuita merece en un plano teórico la misma crí­tica, a menos que consideremos que la mera pertenencia a una especie cambia las cosas. Quien defiende tal cosa, se encontrarí­a en este punto ante un serio dilema moral, por cuanto lo mismo podrí­a defender -dentro ya del ámbito humano- que la pertenencia a éste o a aquél grupo determina que deban concedérsele o negársele derechos fundamentales. Es de hecho lo que se ha aceptado durante siglos y aún hoy siguen aceptando algunas sociedades. Los humanos hemos sido discriminados -al mismo tiempo que hemos actuado como discriminadores- en razón de la orientación sexual, del género, de la posición social, del color de la piel o de la adscripción polí­tica. Por fortuna, cada vez más gente cree que estos factores no tienen peso moral alguno para condenar a los demás a la muerte, al ostracismo o a castigos fí­sicos. Pues bien, también cada dí­a aumenta el número de humanos que cree que tampoco lo tiene el hecho de pertenecer a una especie que no es la humana. Quien más quien menos está familiarizado con términos como racismo, sexismo o clasismo. Cada uno de ellos define discriminaciones arbitrarias y por lo tanto injustas. Pero son todaví­a pocos los que siquiera han oí­do hablar del término especismo, a pesar de haber sido acuñado ya a finales de los pasados años sesenta. Pues sí­, el "especismo" es la discriminación arbitraria de alguien por el simple hecho de pertenecer a una especie determinada. Huelga decir que se trata de la forma de segregación más extendida de la se nos pueda acusar a los humanos, y sin duda la más devastadora, si tenemos en cuenta parámetros como el número de individuos implicados o el grado de violencia que se ejerce sobre ellos. Como muestra, baste decir que se calcula que no menos de tres mil animales mueren cada segundo a manos de los simios humanos, en situaciones que perfectamente podrí­amos evitar si estuviéramos interesados en ello.

Al hilo de la presentación como Proposición no de Ley por un grupo de esa Cámara del Proyecto Gran Simio, se han oí­do multitud de opiniones en los diversos medios de comunicación, muchas de ellas no tanto basadas en la razón, sino más bien en la chanza oportunista, cuando no en la ironí­a grosera, y demasiadas ocasiones en una severa desinformación. Es posible que quienes se oponen a la aprobación del citado Proyecto se apoyen para ello en sólidos argumentos, pero desde luego deben ser muy distintos a algunos de los escuchados a lo largo de los dí­as posteriores al pasado 25 de abril.

En primer lugar, cabe recordar que cuando la iniciativa hace referencia a la concesión de derechos básicos para las especies citadas, se refiere en concreto a los que competen a la vida y a la integridad -entiéndase ésta tanto fí­sica como emocional-. Precisamente a éstos y sólo a éstos, con todo su contenido y derivaciones lógicas (derecho a la libertad, a no ser objeto de tortura, etc.) por cuanto tratan de paliar realidades que cuando se producen les afectan de forma grave. Ya lo he comentado, la muerte trunca sus expectativas y las de sus congéneres, y la agresión fí­sica les causa dolor. Por eso tiene pleno sentido establecer un reconocimiento formal de que velamos por sus intereses, de la misma forma que lo hacemos por los intereses de los humanos de corta edad o discapacitados en situaciones análogas. Si ellos, animales o humanos, no pueden defenderse por sí­ mismos, hemos de establecer los mecanismos adecuados para garantizar su bienestar, una suerte de "tutorí­a jurí­dica". Se trata en definitiva de un acto de pura y simple generosidad moral, algo que caracteriza a los individuos éticamente activos, como es el caso de buena parte de los seres humanos. Hemos de entender que la "racionalidad" de la que tanto nos jactamos implica no solo la exigencia de derechos propios, sino también ciertas obligaciones morales hacia el entorno que nos rodea, incluyendo en consecuencia a los animales no humanos.

No se trata por tanto de conceder a un orangután "derechos humanos", como se ha dicho hasta la saciedad en diversos foros, sino de "derechos orangutanianos", si nos permite la expresión. Derechos, eso sí­, que coinciden con algunos de los nuestros, como no puede ser de otra manera. El derecho a la vida y a no ser torturado, sin ir más lejos. Tanto a ellos como a nosotros la pérdida de estos derechos (valores jurí­dicos, en definitiva) nos coloca en una situación precaria o directamente nos causa daño. Y la fórmula del derecho reconocido es la ví­a más directa y eficaz que conocemos los humanos para corregir ciertas situaciones. Si se ha demostrado práctica para nosotros, resultarí­a mezquino negársela a ellos, ¿no le parece?

Por otra parte, del debate público creado se desprende en ocasiones la duda de si los supuestos derechos reconocidos a las demás especies de Grandes Simios se restarí­an de los que ahora tenemos los humanos. Se trata naturalmente de una idea absurda, pero que demasiada gente abraza con una tranquilidad sorprendente. No hace falta decir que el derecho es un concepto moral, no una tarta que haya que repartir entre un número determinado de comensales. Si fuese así­, parecerí­a claro que "a más invitados, menos ración". Pero cuando se trata de derechos estamos hablando de algo por fortuna ilimitado, de tal suerte que siempre podemos incorporar a la "comunidad de beneficiarios" algunos miembros más, sin que ello haga resentirse en lo más mí­nimo la seguridad ni el bienestar de nadie. Supongo que no es necesario apelar a ejemplos emocionalmente más cercanos para que se comprenda este extremo, pero no vendrá mal. La incorporación de la mujer a la comunidad con derecho al voto no socavó un ápice los derechos de los varones, ni la abolición de la esclavitud mermó los de los humanos de tez blanca. Más aún, este tipo de cambios e incorporaciones a lo que podrí­amos llamar el "club moral" aporta solidez a algunas de las caracterí­sticas que tanto nos enorgullecen, como la generosidad o la justicia, ya mencionadas anteriormente.

Existe un tercer planteamiento que con frecuencia se pone encima de la mesa, como es el que propugna que "los humanos estamos primero". Una aceptación irreflexiva de este supuesto invita a pensar en una especie de situación lí­mite en la que hubiera que optar entre salvar a un humano o un animal, y en la que cada cual tomarí­a sus propias decisiones, teniendo en cuenta aspectos como la proximidad emocional con las ví­ctimas. Pero lo fundamental aquí­ es reconocer que la práctica totalidad de situaciones en las que los animales sufren a manos de los humanos son propiciadas por éstos por simple capricho o como consecuencia de una mentalidad dominadora. Aquí­ por desgracia los papeles están claros: los animales son ví­ctimas y nosotros verdugos. Y atrincherarse en la máxima del "nosotros primero" es tanto como hacer prevalecer los derechos del verdugo sobre los de la ví­ctima, algo simplemente indefendible desde postulados de ética y de justicia.

Sabemos que no es fácil echar abajo determinadas barreras culturales. En mayor o menor media nadie está libre de esa dificultad mental. Nos pasa a todos. Las ideas, los conceptos morales y las ideologí­as que se derivan de ellos pesan como losas, para bien y para mal. Pero la sociedad humana se ha mostrado tenaz en su avance ético. Hoy vivimos en un mundo necesariamente mejor que hace cien años, y esto sucede por lo general gracias a avanzadillas morales que acaban venciendo las naturales reticencias iniciales para al final convertir realidades proscritas en algo aceptado por la mayorí­a.

Ni qué decir tiene que el papel de los representantes polí­ticos resulta crucial para andar ese camino. Y es por ello por lo que deseamos que reflexione sobre lo que aquí­ le expresamos, y que nos transmita si lo considera oportuno su opinión al respecto. Nos encantarí­a conocerla, sea cual sea ésta. Y en cualquier caso, le invitamos formalmente a que vote a favor de la aprobación del Proyecto Gran Simio cuando tenga oportunidad de hacerlo, apelando al voto de conciencia personal si es necesario. Estamos seguros de que así­ será. Créame, a nosotros no nos perjudica (lejos de ello, podrí­a decirse que nos hace más "humanos") y está claro que a ellos les resulta de gran ayuda. Sólo una gran dosis de racanerí­a moral puede hacer que les neguemos algo esencialmente bueno para ellos que les ahorrará situaciones que a ninguno de nosotros nos gustarí­a padecer.

Sin otro particular, y agradeciendo de antemano el tiempo que nos ha dedicado, reciba un cordial saludo de,

Kepa Tamames Presidente de ATEA




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