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Comienza una nueva temporada de masacre legal de animales
Recibida de ATEA el 16-08-2004 a las 04:08

La Asociación para un Trato Ético con los Animales (ATEA) desea hacer llegar a la opinión pública su preocupación ante el inicio de la nueva temporada de caza legal, en concreto de la denominada media veda.

Cada año, el ecuador del mes de agosto indica el pistoletazo de salida para que varias cientos de miles de ciudadanos y ciudadanas empuñen sus armas reglamentarias y salgan al campo con el objetivo de abatir cuantos individuos puedan de unas determinadas especies, convenientemente legalizados e incluso alentados por la administración.

La caza deportiva constituye una más de las numerosas actividades en las que se arremete unilateral y gratuitamente contra animales que no nos han hecho nada, y cuyo único delito consiste en haber nacido codorniz o tórtola en lugar de petirrojo o águila real.

La actividad de la caza deja entrever como pocas la discriminación burda que se ejerce sobre la comunidad animal no humana, etiquetando a las especies en protegidas y cinegéticas, en una clasificación que recuerda demasiado a algunas de las páginas más negras de la historia humana reciente.

Uno de los objetivos de las organizaciones defensoras de los animales pasa por desenmascarar este tipo de actividades, cuya justificación pública está plagada de inexactitudes y en vuelta en un mensaje engordado. Simplemente no es cierto que la caza practicada como deporte sea una suerte de -necesidad natural-. El medio tiene ya (y lo tení­a mucho antes de que el hombre apareciera sobre la faz de la tierra) sus propios mecanismos de regulación. Creer que somos los humanos quienes estamos destinados a velar por el orden ecológico muestra hasta qué punto nos hemos convertido en una especie engreí­da. Hay que decirlo de forma clara y contundente: si desapareciera la actividad cinegética asumida como entretenimiento no se producirí­a ninguna suerte de cataclismo ni desequilibrio en el medio, al menos no mayor del que ya hemos provocado y seguimos provocando los seres humanos con nuestra actividad cotidiana. No deja de ser revelador que la supuesta necesidad biológica a la que apelan los partidarios de la caza derive precisamente de un desequilibrio cuya responsabilidad está en nosotros mismos. Así­, irrumpimos primero en la naturaleza sometiéndola y destruyéndola, para después defender una práctica objetivamente agresiva con el falso fin de reparar el desastre. Un mensaje como el mencionado sólo puede tener éxito en una sociedad acomodaticia que no está dispuesta a evaluar con rigor las verdaderas causas que se esconden detrás de, en este caso, la caza deportiva.

La cruda realidad es que este divertimento se sustenta únicamente por la naturaleza egoí­sta del ser humano, por un lado, y por los extraordinarios intereses económicos que se mueven a su alrededor, por otro. Ambas evidencias hacen que este crimen se alimente a sí­ mismo y perviva entre nuestras costumbres.

Si realmente las y los cazadores deportivos asumieran con seriedad su condición de -agentes equilibradores-, aceptarí­an su labor como un deber desagradable, pues con frecuencia se olvida que la caza provoca muerte, dolor y sufrimiento. Sin embargo, lejos de aceptarla como una necesidad incómoda, se concibe como una juerga dominical, exhibiendo los -trofeos- (cadáveres) con orgullo a la cámara, en un comportamiento moralmente indecente. La caza se ha convertido hoy en una oferta más de ocio, con sus revistas, sus subvenciones, su lobby tanto administrativo como mediático, y su parafernalia estética que cabrí­a calificar de cursi si no fuera directamente obscena.

Por encima de la repetitiva colección de argumentos pomposos que se nos ofrecen, como control cinegético o equilibrio biológico, se encuentra una realidad mucho más terrible y fisiológica, como es la que sufren las ví­ctimas de los disparos, que son, no lo olvidemos, animales y vertebrados (incluso mamí­feros en muchos de los casos) como sus verdugos, con los mismos intereses en gozar de un mí­nimo bienestar y de sortear el dolor.

Existen muchos extremos de la caza que la gente desconoce, como que una parte significativa de los animales alcanzados por los disparos nunca se cobra, pudiendo agonizar en una cuneta durante horas, a veces durante dí­as. Muchos quedan lisiados o con heridas que no les permiten alimentarse, por lo que al final mueren de inanición. O simplemente se abandonan a su suerte colapsados por el estrés de una situación que no consiguen entender. Olvidamos a veces que numerosas especies son monógamas, emparejándose de por vida, con lo que la pérdida de la compañera o el compañero implica un sufrimiento emocional añadido para el que sobrevive. Las ví­ctimas directas de la caza no son sólo aquellas que reciben los impactos en sus cuerpos, sino el entorno afectivo. Es posible que esta percepción suene algo (o descaradamente) humanizada y extravagante, pero se debe en exclusiva a que nos vemos a nosotros mismos como centro del universo, y somos incapaces de entender que aspectos humanos como el padecimiento emocional sea también una caracterí­stica de otras especies.

Desde los poderes cinegéticos, y pertrechados en la administración, al objeto de dotar a esta práctica de una aceptación social, se utiliza una práctica argumental sibilina, como es la de crear la figura maligna de -escopetero-, calificativo reservado a quien no respeta las normas del juego, convirtiendo así­ al tiroteo reglado en algo digno y limpio. Desde ATEA tenemos que decir que la caza deportiva es un crimen execrable aunque se cumplan escrupulosamente todas las normas establecidas, y que la ética y el respeto por los intereses elementales de los animales deben prevalecer por encima de este tipo de razonamientos de corte pseudo-ecologista o moralizante.

No está de más acudir a una vez más a la esquizofrenia ética que observamos la mayorí­a de la gente, asumiendo como compatible la protección severa (y justa) de algunos animales y al mismo tiempo la masacre absurda de que son objeto otros. Un ejemplo diáfano de esta práctica mental se ha visto estos dí­as con el carricerí­n cejudo, pequeña ave insectí­vora al parecer escasa, que ha visitado los humedales de Salburúa, cercanos a Vitoria, y que determinados medios han convertido en todo un acontecimiento digno de abrir los informativos locales. Resulta muy revelador que desde las mismas empresas se eleve a la categorí­a de estrella ornitológica a unos animales mientras a otros se les reserva el dudoso honor de convertirlos en diana.

Al hilo de la anterior reflexión, entendemos que tiene su propia entidad la descarada apologí­a que se hace desde los medios informativos en general de esta actividad, con páginas enteras dedicadas al tema, al tiempo que se ejerce con frecuencia una auténtica censura activa del discurso animalista, que más parece responder a una estrategia de depuración ideológica que de lo deseable en un estado de derecho. Vivimos en una sociedad que en su mayorí­a no se siente atraí­da por la actividad letal de la caza deportiva, pero también hay que decir que cada dí­a aumenta el sector de la población que la ve con ojos crí­ticos, por lo que desde el mundo de la comunicación se deberí­a aplicar un elemental ejercicio de proporcionalidad, además de un código deontológico básico.

En cuanto a las dos posturas generales que aportan sus argumentos en este tema, no hay que olvidar que, con la objetividad en la mano, la defensa de la caza provoca muerte y sufrimiento, que ambas cosas son tan indeseables para ellos (los animales) como para nosotros, y que la postura animalista no pretende otra cosa que conseguir un respeto para aquellos que han tenido la desgracia de coincidir en el tiempo con humanos insensibles.

Resulta imprescindible apelar otra vez a la empatí­a, a algo tan elemental como colocarse emocionalmente en el lugar de otros, y de no desearles algo que rechazarí­amos con vehemencia si les sucediese a nuestros seres queridos o a nosotros mismos. Por ello, ATEA invita a la ciudadaní­a a dar un paso adelante y adoptar una postura más activa y progresista en cuanto al trato que damos en general a los animales en general, y a la práctica de la caza deportiva en particular.

Por último, desde nuestra organización pedimos a las todas las administraciones implicadas en la materia que manifiesten públicamente si conciben la actividad de la caza deportiva como deseable en sí­ misma, o por el contrario la asumen como una necesidad irrenunciable, y que aporten el listado de razones si esto es así­.




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